La sabiduría del leñador
Hace unos años me encontraba visitando una iglesia cuyo pastor predicó sobre el tema de las aflicciones y la soberanía de Dios. Como todo ser humano, él había experimentado aflicciones en su vida —incluyendo la muerte de un hijo—, y entre lágrimas compartió una historia que me impactó profundamente. El autor de la misma es el escritor Max Lucado y gentilmente se nos ha concedido permiso para compartirla.
En la introducción, el escritor explica el origen de la historia. Mientras se encontraba en Brasil, exasperado y frustrado por las dificultades, alguien le dio la historia como una asignación para la casa. Max Lucado escribe que sólo la tradujo esperando que nos recuerde, al igual que a él, que la paciencia es el mayor valor.
Había un anciano que vivía en una pequeña aldea. Aunque pobre, era envidiado por todos porque era dueño de un hermoso caballo blanco. Hasta el rey codiciaba su tesoro. Nunca antes se había visto un caballo como ese, tal era su esplendor, majestuosidad y fuerza.
La gente le ofrecía sumas fabulosas por el caballo, pero el anciano rechazaba todas las ofertas.
—Para mí, este caballo no es un caballo —les decía—. Es una persona ¿Cómo podría vender a una persona? Es un amigo, no una posesión ¿Cómo podría vender a un amigo?
El hombre era pobre y la tentación era grande. Pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo no estaba en el establo. Todo el pueblo vino a verlo.
—Viejo tonto —le decían—, te dijimos que alguien te robaría tu caballo. Te advertimos que eso podía ocurrir. Eres tan pobre ¿Cómo podías pretender proteger a un animal tan valioso? Hubiera sido mejor venderlo. Te hubiera pagado el precio que quisieras. Ninguna suma hubiera sido demasiado alta. Ahora ya no tienes el caballo y te ha caído la maldición de la mala suerte.
El viejo respondió:
—No hablen tan pronto. Digan solamente que el caballo no está en el establo. Es todo lo que sabemos; el resto es juicio. Si he sido maldito o no ¿Cómo pueden saberlo? ¿Cómo pueden juzgarlo?
La gente contestó:
—¡No quieras hacernos pasar por tontos! Quizás no seamos filósofos, pero no se necesita mucha filosofía. El simple hecho de que tu caballo se haya ido ya es una maldición.
El anciano volvió a hablar:
—Todo lo que sé es que el establo está vacío, y que el caballo se ha ido. El resto no lo sé. Que sea una maldición o una bendición, no lo podría decir. Todo lo que vemos es un fragmento ¿Quién puede decir lo que ocurrirá después de ésto?
La gente del pueblo se rió. Pensaban que el anciano estaba loco. Siempre lo habían creído; si no lo estaba, hubiera vendido el caballo y vivido del dinero de la venta. En cambio, era un pobre leñador, un viejo que seguía cortando leña, sacándola del bosque y vendiéndola. Vivía en la miseria más extrema. Con ésto, había probado que sin duda, estaba loco.
Después de quince días, el caballo volvió. No se lo habían robado; simplemente se había escapado al bosque. No sólo había regresado, sino que trajo una docena de magníficos caballos salvajes con él. De nuevo la gente del pueblo se reunió alrededor del leñador y dijeron:
—Anciano, tenías razón y nosotros estábamos equivocados. Lo que creíamos que era una maldición, resultó ser una bendición. Perdónanos.
El hombre respondió:
—De nuevo, ustedes van demasiado lejos. Digan sólo que el caballo volvió. Que una docena de caballos volvió con él, pero no emitan juicio ¿Cómo pueden saber si ésto es una bendición o no? Ustedes ven sólo un fragmento ¿Cómo pueden juzgar si no conocen la historia? Han leído sólo una página del libro ¿Cómo pueden juzgar el libro completo? Han leído sólo una palabra de la frase ¿Cómo pueden entender la frase completa?
La vida es tan inmensa, y ustedes juzgan la vida entera con una página o una palabra ¡Todo lo que tienen es un fragmento! No digan que esto es una bendición. Nadie lo sabe. Estoy contento con lo que sé. No me perturba lo que no sé.
—Tal vez el anciano tiene razón —decían entre ellos.
Así que hablaron poco. Pero bien adentro, creían que el anciano estaba equivocado. Sabían que era una bendición. Doce caballos habían regresado con uno. Con un poco de esfuerzo, los animales podría ser amaestrados, entrenados y vendidos por mucho dinero.
El anciano tenía un hijo, un solo hijo. El joven empezó a entrenar a los caballos salvajes. Después de unos pocos días, se cayó de uno de los caballos y se rompió ambas piernas. De nuevo los aldeanos se reunieron alrededor del anciano y emitieron sus juicios.
—Tenías razón —le dijeron—. Has probado que tenías razón. La docena de caballos no fueron una bendición. Eran una maldición. Tu único hijo se ha quebrado ambas piernas y ahora tú, a tu edad, no tienes a nadie que te ayude. Estás peor que antes.
El anciano les dijo:
—Ustedes están obsesionados con emitir juicios. No lo hagan. Digan solamente que mi hijo se quebró las piernas ¿Quién puede saber si ésto es una bendición o una maldición? Imposible saberlo. Sólo tenemos un fragmento. La vida viene en fragmentos.
Aconteció que unas pocas semanas después, el país se enfrascó en una guerra contra un país vecino. Todos los jóvenes de la aldea fueron reclutados para ir a pelear. Sólo excluyeron al hijo del anciano porque tenía sus piernas quebradas. De nuevo la gente se reunió alrededor del anciano, llorando y lamentándose que sus hijos habían sido mandados a la guerra. Había pocas probabilidades que volvieran con vida. El enemigo era fuerte y la guerra podía terminar en una amarga derrota. Nunca volverían a ver a sus hijos.
—Tenías razón, anciano —le dijeron—. Dios sabe que tenías razón. Ésto lo prueba. El accidente de tu hijo fue una bendición. Sus piernas están rotas, pero a lo menos él está contigo. Nuestros hijos se han ido para siempre.
El anciano se expresó otra vez:
—Es imposible hablar con ustedes. Siempre están llegando a conclusiones. Nadie sabe. Digan sólo ésto: Sus hijos tuvieron que ir a la guerra, y el mío no. Nadie sabe si ésto es una bendición o una maldición. Nadie es tan sabio como para saberlo. Sólo Dios lo sabe.
* * * * *
El viejo tenía razón. Sólo tenemos un fragmento. Los contratiempos y los horrores de la vida son solamente una página de una gran libro. Debemos ser lentos en llegar a conclusiones. Debemos reservar el juicio sobre las tormentas de la vida hasta que conozcamos la historia completa.
No sé dónde aprendió su paciencia el leñador. Quizás de otro leñador de Galilea. Porque fue el Carpintero quien lo explicó mejor:
“No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán” (Mateo 6:34).
Él lo sabía. Él es el Autor de nuestra historia. Y Él ya ha escrito el capítulo final [1].
[1] Lucado, Max. En El Ojo De La Tormenta. Copyright Editorial Caribe, Inc., Una división de Thomas Nelson, 2003. Used by permission.
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Massiel Zapata julio 26, 2010 







Sobre el Autor

Es verdad siempre nos apresuramos a emitir conclusiones, sin detenernos en vivir el presente.
Cuantos de nosotros al ver un problema en nuetras vida , pensamos que toda nuetra vida será llena de problemas, sin embargo Dios es el que conoce nuestras vidas…Su palabra dice que él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo
¡Amén! Podemos confiar porque Él sabe lo que hace
Que gran verdad!!!, cuantos no hemos o estamos pasando por esta misma historia, Los grandes conflictos nos hacen tantas veces juzgar la situación, con tan apenas unos escasos elementos, siendo necesario esperar el final de cada evento para poder deducir si lo que concluimamos era correcto, y más aún, que la vida entera es una solo historia. Gracias a Dios por esta bella historia, las cosas ya no seran igual!!
Sí, qué consolador es saber que es Él quien escribe nuestra historia y sus planes para sus hijos son perfectos.
Es una gran historia, mi profesora de lenguaje me la leyo en el curso y sinseramente el mensaje fue profundo